miércoles, 9 de mayo de 2012

Preciada puerta
                                                                                      A Reginald Gibbons




–Hay alguien tirado en el campo –vino a decirnos mi hermanito.
Eran las ocho en punto de la mañana y hacía tanto calor que la hierba despedía humo y los saltamontes cantaban. Durante días, había corrido la voz de que llegaba un huracán. Desde ayer sentíamos sus indicios: una quietud en el aire seguida por la abrupta ondulación del viento; el cielo parecía más alto y se veía lavado.
–Debe ser un molinero borracho que duerme en el pasto o un vagabundo. Hasta puede ser tu tío Bud, quién sabe –me dijo mi padre–. Ve a ver qué es.
–Ven conmigo –le pedí–. Tengo miedo.
Encontramos a una pobre criatura golpeada que no respondía a los llamados de mi padre. Llevamos a la persona inconsciente a la galería trasera y la acostamos en el sillón.
–Me gustaría que no dejes que los chicos vean eso –dijo mi madre antes de replegarse en la oscuridad de la casa como en su caparazón.
–Quizás esté muriendo –dijo mi padre–. No podemos ponerlo de pie. Llama al médico, hijo. Después, trae un poco de agua caliente.
Mi padre intentó despertar al hombre con un fuerte "eh". Luego, bajó la voz en una suave invocación y le dijo: "Eh, amigo. Hola, hola...".
El amigo maltratado no se movió. Respiraba de manera pesada, casi mezquina. El agua caliente lavó apenas la sangre, que formaba algo así como una pasta en los labios y las mejillas. Después, un poco de agua fría bastó para echar hacia atrás su pelo oscuro. Entonces, cuando su rostro y su aspecto se hicieron nítidos para nosotros, vimos lo que habría sido una hermosa joven si hubiese sido una chica, pero era un hombre. Algo brillaba en el rostro dañado y supimos que habíamos traído a casa, desde el pastizal del molino, a una persona especial. Cuando mi padre le quitó la camisa manchada, vio algo y les dijo a los chicos (yo tenía doce y era el mayor) que salieran al patio. No me alejé mucho. Me escondí bajo el jazmín amarillo, contra el mosquitero, y oí.
"Amigo, puede que no lo logres", decía mi padre, "si el médico no se apura. Alguien te ha lastimado con un cuchillo." En otro momento, oí que mi padre preguntaba: "¿Quién te hizo esto? ¿Quién te cortó así?". Ningún sonido provenía del extraño. "¿Eh?", insistió mi padre con ternura. "¿Quién te lastimó así? ¿Eh? No puede oírme y no puede hablar. Bueno, intenta descansar hasta que llegue el médico", escuché decir a mi padre.
En ese momento, me sentí apenado por el desconocido que yacía en silencio, tan apenado que de pronto lloré bajo el jazmín amarillo.
El huracán que, decían, se acercaba a nosotros desde el extremo sur del Golfo seguía llegando. Podíamos olerlo. El viento rápido, seguido por la lluvia, se cernía sobre nosotros, se iba de golpe y retornaba. En ese momento, estaba cerca de nosotros y mi padre adivinó que iba a alcanzarnos. Las tormentas asustaban a mi padre, que no le temía a casi nada. Tenía miedo en nuestra vieja casa y siempre nos llevaba al sótano de la escuela.
–Mary, ve con los chicos a la escuela, rápido –dijo mi padre.
Corrí adentro de la casa.
–Me quedo con mi padre y con el hombre herido –anuncié.
Casi se arma una discusión, pero no había tiempo para eso y me di cuenta de que mi padre quería que me quedase.
La tormenta siguió acercándose y derribó la rama de un nogal, que quedó atravesada en el camino. La lluvia golpeó con violencia el costado de nuestra casa por unos minutos y luego se detuvo.
–Ahí viene –dijo mi padre–. No podemos quedarnos aquí, en esta galería cubierta. Asegura el mosquitero y recoge las cosas que están a la intemperie. Vamos a llevar al herido a la sala. ¿Cuál es tu nombre, amigo?
Vi que mi padre acercaba su oído a la boca del joven. Luego, lo alzó como si fuera un chico y lo llevó a la sala. Era una habitación fresca y sombría que solo se usaba en ocasiones especiales. Por lo visto, mi padre quería darle al herido lo mejor que tenía para ofrecer.
Arrastré las cosas hasta la galería y llevé un poco de leña a la sala.
–Pensé que podríamos encender la chimenea –anuncié.
–Está muy bien –dijo mi padre–. Sabes hacerlo, como te enseñé.
Vi que había hecho un camastro en el suelo con los almohadones del viejo sillón.
–Ayúdame a poner a nuestro amigo en el camastro –me pidió mi padre.
Levantamos a nuestro amigo. Al principio, me dio miedo tocarlo pero su cuerpo se sentía amigable en mis brazos inseguros, como si fuera algo mío. Lo sentía querido por mí. Mi padre debió haber sentido lo mismo porque su rostro parecía lleno de suavidad a la luz del fuego. El fuego marchaba bien y daba luz y calor. De pronto, hacía cobrar vida, en la pared, a los rostros de mi abuela y mi abuelo, que habían hecho fogatas en esa chimenea. Nos miraban desde sus marcos polvorientos. El hombre murmuró:
–Gracias.
–Dios te bendiga, amigo –dijo mi padre.
Palmeé la cabeza del hombre. El aire quedó cautivo en mi garganta. Él estaba con nosotros.
La tormenta seguía ahí, se nos venía encima. Nuestra casita empezó a temblar y a crujir. Aunque no dijimos nada, mi padre y yo teníamos miedo de que el doctor Browder no pudiera salir. Vimos el camino de tierra frente a la casa. Era una corriente fluida. Luego vimos, gracias a un relámpago, los árboles caídos sobre el camino, un poco más lejos, y supimos que el doctor nunca iba a llegar.
Mi padre y yo empezamos a curar al desconocido. Lavamos sus heridas. Mi padre rezó a la luz amarilla del fuego, en la casita endeble que mi abuelo había construido para su familia. Su techo y sus paredes habían sido un refugio seguro para varias generaciones, un amparo ante un mundo que a lo sumo se extendía hasta unos pocos pueblos cercanos. Mi padre rezaba con su mano de carpintero apoyada en la frente del hombre que sufría. Le daba la otra mano con amor y esperanza. Entonces escuché las palabras de mi padre:
–Está muerto.
De rodillas, elevamos una plegaria al Señor junto al camastro que ocupaba el muerto desconocido. Sobre nuestro rezo repicaban los rítmicos golpes del viento contra algo de metal que quizá fuera nuestra bañera. Mi padre dijo:
–Se parece a alguien.
En ese momento, supe que era así porque vi su frente –de algún modo, bendita–, vi sus labios pálidos y carnosos y su amargo pelo oscuro, tan familiar como el de un pariente. El viento repicaba contra la bañera.
El corazón me pesaba y me dolía. Sentí que mi rostro se inundaba, pero las lágrimas tardaban en llegar y, cuando llegaron, lloré en voz alta. Mi padre me sostuvo entre sus brazos y me meció como si tuviera tres años, como hacía cuando yo tenía tres. Lo oí llorar. Sentí, por primera vez, el amor que una persona puede tener por alguien a quien no conoció, por un extraño que de pronto se vuelve cercano. El amor exaltado que sentía por el extraño visitante colmaba la sala. Entonces, con un anhelo que no había experimentado hasta esa noche, hasta esa brava y tierna noche en nuestra sala, en ese pueblito escondido, deseé conocer algún día el amor de una persona sin importar cuán amarga pudiera ser su pérdida.
El huracán azotaba nuestra casa, nuestros árboles y tierras. Los relámpagos nos dejaban ver lo que la tormenta ya le había hecho al mundo.
–Este debe ser el peor que ha golpeado al país –dijo mi padre–. Que Dios sostenga el techo que protege nuestras cabezas y reciba el espíritu de este pobre hombre.
–Y que también proteja a mamá, a mi hermana y a Joe en el sótano de la escuela –agregué.
La inundación subió hasta la galería delantera. Nos sentamos solos, con el desconocido. Mi padre lo había lavado, le había quitado la ropa y lo había vestido con una camisa limpia y pantalones de trabajo. El ser muerto era una presencia en la sala. Esperamos.
El sol se extinguía. Se hundía en las aguas que cubrían el pueblo en esa tarde incierta. Miramos hacia afuera y vimos un mundo de cosas que pasaban flotando. Nosotros mismos nos sentíamos a flote. Entonces empezó a llover otra vez, justo desde la luz del sol, que se apagó. Se puso muy oscuro.
–Estamos perdidos –me dijo mi padre–. Todos seremos arrastrados por el agua.
–Dios, por favor, que pare la lluvia –recé.
El fuego había consumido nuestra reserva de leña y se deshacía con rapidez.
–Hijo, ve a buscar una vela a la habitación –pidió mi padre–. Vamos a ponerla al lado del cuerpo para que no quede en la oscuridad.
Cuando mi padre llamó "el cuerpo" al extraño, tuve, por primera vez, un sentimiento de pérdida y dolor. Nuestro amigo, a quien yo quería y lloraba como a alguien conocido, se había marchado. Solo quedaba "el cuerpo". Entonces comprendí la parte más dura de la muerte, el duelo en las tumbas, y lo que con tanta amargura se daba por vencido allí. Era el cuerpo.
Lo que interrumpió nuestra mañana fue una figura en la ventana. Una figura en harapos, con los pelos al viento, con ojos bravos, con cara de terror, que miraba a través de la cortina de agua.
–Hay alguien –le susurré a mi padre–, alguien en la tormenta, alguien que quiere entrar.
–Maldita sea. Ayúdanos, Señor –gritó mi padre, asustado como nunca lo había visto.
Luchamos con la puerta delantera. Cuando abrimos el cerrojo, una ráfaga la lanzó contra nosotros y nos tiró al suelo. Fue como si lanzara a la figura, como si la empujara de un soplido.
Vimos que era un hombre joven con ropa andrajosa y barba espesa. Entre los tres, logramos cerrar la puerta. La afirmamos con un pesado perchero de roble inmemorial que estaba en la entrada, en el mismo lugar en que había estado siempre. De pronto, tenía vida.
–Es la peor tormenta que he visto en mi vida –le dijo mi padre al hombre.
El hombre asintió y pudimos ver que era joven. Fuimos a la sala, atraídos por la luz de la vela y del fuego. Vio al hombre en el camastro y se abalanzó sobre él. Cayó de rodillas, lloró y derramó lágrimas sobre el hombre muerto. Mi padre y yo esperamos, con la cabeza gacha, unidos en la confusión, ante el sonido ardiente del fuego y el suave llanto del joven. Finalmente, mi padre dijo:
–Estaba tirado en el campo. Tratamos de ayudarlo.
El hombre permaneció de rodillas junto a la figura que estaba en el camastro. Lloraba y murmuraba:
–Chico, chico, chico, chico...
Mi padre se acercó al hombre, que estaba de rodillas, y le puso una manta sobre los hombros. Dijo con suavidad:
–Voy a traer un poco de café caliente, amigo.
A solas con los dos hombres, con el muerto y el vivo, sentía miedo, pero estaba lleno de piedad. Escuché que el hombre hablaba suavemente, en un lenguaje entrecortado que yo no podía entender –porque quizás estaba demasiado sofocado por el asombro–. Entonces, oí que decía, con claridad:
–Pon tu cabeza en mi pecho, chico. Aquí. Bien, bien, chico. Ahora está bien. Ahora estás bien. Tu cabeza está en mi pecho, bien, bien.
Mi padre entró con el café y lo dejó en el suelo, al lado del deudo.
–Ahora, siéntese –le dijo– y entre en calor.
El hombre se sentó y se echó la manta sobre los hombros. Mi padre le preguntó su nombre.
–Ben –dijo–. Él y yo somos hermanos. Yo lo crié.
No quiso tomar el café. Bajó la vista hacia la figura de su hermano y dijo:
–Estábamos en un furgón, regresábamos de Memphis. Íbamos al puerto de Houston. Teníamos un plan.
Entonces, gritó suavemente:
–No quería lastimarlo, juro por Dios que no quería lastimarlo.
Se llevó la cabeza de su hermano al pecho y lo acunó. Mi padre y yo estábamos sentados sobre los resortes fríos del sofá cuyos almohadones eran el camastro del muerto. Yo podía sentir el amparo del brazo de mi padre, que apretaba mi cabeza contra su pecho. Sentí un amor perpetuo hacia él, hacia mi padre. Sin embargo, en mi cabeza resonaban las palabras de Ben: "Teníamos un plan". Mi sangre se aceleró, colmada de esperanza, de la esperanza de poseer el valor de ser tierno como ese hombre, si es que tendría la suerte de que alguien aceptara mi ternura; de la esperanza de compartir un plan con alguien. Supe que buscaría eso en mi vida. Quién iba a detenerme o a decirme que nunca tendría esa ternura inefable que sentía crecer en mi pecho mientras la sangre corría en mi interior. Era el regalo de Ben para su hermano y para mí. Sentí que esa pasión me había estado cegando y que había recuperado la vista. Vi que Ben alzaba del camastro el cuerpo de su hermano.
–Gracias por atenderlo –nos dijo, solemne, y se dio vuelta para irse–. Ahora, mi hermano y yo vamos a irnos.
–Si salen, van a ahogarse –dijo mi padre–. Espere hasta que pase la inundación, por amor de Dios.
Mi padre se paró frente a Ben para detenerlo, pero Ben dijo, con un dejo de oscuridad en la voz:
–Fuera de mi camino, amigo.
Ben se iba. Sostenía el cuerpo contra su pecho. Mi padre y yo nos quedamos quietos mientras nuestros visitantes, que habían venido de la inundación, regresaban a ella por la puerta tapiada.
–Hasta luego, hasta luego –susurré.
–Que Dios los acompañe y me perdone por dejar ir a un hombre que mató a su hermano –dijo mi padre casi para sí.
Vimos, a través de la ventana, a los hermanos que se iban en medio del agua bajo la luz menguante del día. Ben llevaba en sus brazos el cuerpo de su hermano y oprimía su cabeza contra su pecho.
–No van a lograrlo –dijo mi padre.
–¿Adónde van?
–Están en manos de Dios –respondió mi padre–. Aunque Ben sea un asesino, creí que estaba perdonado porque regresó y se disculpó. El amor de Dios obra por medio de la reconciliación.
–Padre –pregunté–, ¿qué es reconciliación?
–Volver a unirse en paz –respondió mi padre–. Aunque entre estos dos hermanos hubo padecimiento, se han reunido otra vez en paz.
Los dos hombres de la "reconciliación", que se habían reunido en paz otra vez, desaparecieron en medio de la lluvia gris, entre las aguas crecidas. Mis ojos se aferraron a ellos hasta que dejé de verlos. Quería rescatar a esos hermanos, a esos enemigos que se querían, de la llovizna en que se disolvían.
Los días que siguieron a la lluvia fueron peores que la lluvia. El río se hinchó y cubrió granjas y caminos y mucha gente se sentó sobre los techos de sus casas. Aunque el agua que nos rodeaba fue a dar a las tierras bajas (estábamos en un alto), mi padre y yo quedamos abandonados. El sol traía un calor nuevo. El mundo estaba empapado y había un olor a cosas mojadas y cosas podridas. Había víboras, ranas toro que gemían, pavos reales que gritaban en los árboles y rojos cangrejos de río que saltaban en el barro.
En nuestra casa aislada y remota, en la extrañeza de esos días, lloré muchas veces por Ben y por su hermano. Había nacido en mí un sentimiento oscuro que comenzaba a despejarse de a poco. Un hombre en bote se detuvo para contarnos los prodigios de la tormenta. Nos dijo que había algodón de enebro tirado sobre una vasta superficie de agua, como si se tratase de flores blancas; que mil leños del aserradero se habían perdido; que el campanario de una iglesia había sido arrastrado con campana y todo y que no solo se mantenía milagrosamente a flote sino que, además, seguía sonando como si fuese una boya, cerca del puente de Trinity.
Durante un tiempo, en distintos pueblos reportaron que habían visto una puerta que flotaba con los cuerpos de dos hombres por el ancho río. En un pueblo, la gente dijo que, al pasar por allí, la balsa se había arremolinado en la corriente, como poseída por un demonio, pero, que aunque los hombres seguían encima de ella, se creía que estaban muertos. Cerca de la boca del río, donde el agua fluye hacia el Golfo, dijeron que la puerta montaba las crestas de unos rápidos con tal serenidad que era fácil ver a los dos hombres –uno, vivo y feroz, sostenía al otro, muerto–. Después de eso, esperé otros reportes, pero no hubo más noticias sobre la preciada puerta.
                                                           Traducción: Esther Cross




William Goyen


 Natural de Trinity, Texas (1915-1983), es casi un desconocido en lengua española. Goyen —apellido de origen vasco—, fue una de las voces literarias más destacadas y originales de su tiempo. Se le ha comparado con otros escritores del sur de los Estados Unidos como William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O'Connor o Tennessee Williams, todos ellos englobados dentro del así llamado "gótico sureño" o "southern gothic”.
Entre sus obras más conocidas destacan su primera novela “La casa del aliento (1950)”; “Los fantasmas y la carne (1952)”, y “Arcadio (1983)”.


lunes, 9 de abril de 2012

Un zapato y tres plumas


Entré al Gran Hotel Sarmiento, el único hotel en todo Unquito, sin quitarme los anteojos negros. Observé el mostrador desde lejos y esperé que el conserje, un hombre con edad suficiente como para conocerme, se ocupara con otro pasajero. Recién entonces me acerqué al otro empleado, un chico que apenas habría terminado el secundario, y pedí la habitación que tenía reservada. No di mi nombre, Marcelo Rivera, sino el de la empresa para la que trabajaba.
Subí yo mismo mis valijas y me instalé en la habitación. Me acerqué a la ventana pero dudé antes de abrir. Sabía que detrás de las cortinas me esperaba la plaza del pueblo. Moví el picaporte todavía dudando. Un viento frío me lastimó los ojos. Atardecía y los faroles de la plaza empezaban a encenderse, con ese color violeta que antecede a la luz. Busqué el banco donde me había despedido de José, mi hermano mayor, hacía veinte años. Un banco de piedra. Le había regalado un caleidoscopio en esa despedida; José lo giraba a un lado y al otro mientras yo me iba por la diagonal de la plaza que va a la terminal de ómnibus, sin atreverme a darme vuelta. Muchas veces me imaginé lo que vio José ese día: mis fragmentos repartidos y repetidos alejándose en distintas direcciones en el cristal.
Cerré la ventana y me tomé un momento para recordarme a mí mismo por qué estaba en Unquito, el lugar donde había nacido y al que juré no volver. Trabajaba para una empresa de programas de computación que me había enviado a revisar una instalación en la sucursal de un banco cliente. Cuando el gerente me dijo que tenía que ir al interior por un trabajo para el Banco Alemán, nunca sospeché que sería en Unquito. Uno no se imagina que lo que dejó atrás cambia. En el destierro los conocidos no envejecen, las casas no se deterioran, los árboles no crecen. Cuando dejé Unquito no había allí más que una sucursal bancaria, la del banco provincial, y no creo que hubiera una computadora en todo el pueblo. Sin embargo algunas cosas habían cambiado, y ahí estaba yo tratando de prescindir del lugar donde me encontraba, repitiéndome una y otra vez que el único motivo que me había hecho quebrar mi juramento era conservar el trabajo.
Esa noche decidí no bajar a comer, quería levantarme temprano y terminar el trabajo cuanto antes, si era posible quería volver a Buenos Aires al día siguiente.
Al otro día me levanté antes de que amaneciera. Cuando llegué al banco no había nadie más que el guardia de noche, y no me dejó entrar. Me pidió que volviera en una hora, cuando estuviera el gerente. Me puse a caminar; para hacer tiempo, me dije a mí mismo. Sabía que era más sensato volver al hotel, pero mis piernas avanzaban sin considerar estas observaciones.
Desde la esquina de Roca y Alsina ya pude ver el cartel de la bicicletería. “Bicicletería Rivera”. Me acerqué unos pasos para observar la casa donde había nacido. La puerta al costado del negocio era otra, pero no dudé que conducía al mismo lugar: la cocina de mi casa con la mesa de madera maciza que la ocupaba casi por completo. La ventana del que había sido mi cuarto estaba cerrada. La de José dejaba ver la luz a través de las rendijas. Podía ver la sombra de mi hermano moviéndose dentro de la habitación. Bajé a la calle para ver mejor. El sonido de la cortina metálica al levantarse me sobresaltó. Alcancé a ver la pierna coja de Don Rivera, mi padre, con su zapato de madera, y sus brazos fuertes subiendo y bajando al compás de la cadena. Antes de ver su rostro di media vuelta y me fui. Trabajé todo el día sin parar. A las ocho de la noche me di cuenta de que era imposible dejar el programa funcionado antes de que saliera el último micro para Buenos Aires. Decidí que era mejor descansar un poco y volver al día siguiente. Fui hacia la salida, había cambiado la guardia, y el hombre me reconoció. “¡Qué contento debe estar Josecito! Y Don Rivera… Saludámelos de mi parte”.
Tenía un auto esperándome pero lo despaché y caminé. Me fui pensando en José. No quería que se enterara que yo estaba en el pueblo. Una cosa es irse y nunca más volver, y otra muy distinta es ignorar. Le había dicho aquella tarde que nunca volvería al pueblo, y él lo entendió. Pero esto era distinto, yo estaba ahí, pensando en él como tantas otras veces, pero a pocas cuadras de distancia. José era diez años mayor que yo. Fue la tabla a la que me aferré después de la muerte de mi madre. El más sabio de los dos a pesar de que su cerebro no funcionaba con la velocidad que funciona el del resto de las personas. También el más fuerte. El que podía llorar cuando hacía falta, y consolarme aunque yo no llorara. Y a quien abandoné una tarde en la plaza, dejándole un caleidoscopio.
Me senté en el bar del hotel a comer un sándwich. Varios empleados ya me habían reconocido así que no intenté ocultarme. En ese mismo momento mi hermano estaría sirviendo la comida como lo hacía mi madre cuando éramos chicos, y como lo hizo José a partir de su muerte. Recordé la mesa de madera maciza de la cocina y quise borrar su imagen pero no pude. Me acordé de mi madre, yendo y viniendo con las fuentes, de mi hermano y de mí sentados uno frente al otro, y del lugar vacío de Rivera, quien nunca se sentaba hasta que todo estuviera listo. Mi hermano y yo jugando, tocándonos por debajo de la mesa, haciéndonos cosquillas, hasta que el sonido del zapato de madera avanzaba por el pasillo y nos paralizaba. En cuanto se escuchaba su paso obstinado, mi madre se volvía hacia nosotros, suave pero firme, y verificaba que nadie estuviera riendo. En la casa de los Rivera estaba prohibido reír. Él lo había prohibido después de un fuerte ataque de asma de mi madre que terminó llevándola al hospital. Rivera determinó que la risa podía provocarle otro ataque, y lo que era peor, la muerte, por lo que nadie se atrevió a contradecirlo. Hasta que apareció la risa clandestina. Una tarde cuando Rivera ya estaba arreglando bicicletas, mi madre nos llevó al altillo. Dijo que quería enseñarnos un juego. Se ocupó de cerrar la puerta antes de empezar. Nos pidió que nos quitáramos los zapatos y las medias, y ella hizo lo mismo. Sacó de su delantal tres plumas que le había robado al gallo del gallinero y las repartió. Tomó el pie de José y empezó a pasar la pluma muy despacio. José empezó a inflarse de ganas de reír pero no se atrevió a hacerlo. “No, mamá”, decía. Yo estaba casi tan asustado como él, hasta que la miré a ella, que sonreía y entendí. Tomé la pluma y le hice cosquillas a mi madre y ella rió abiertamente, rió hasta que le dolió el estómago. Yo me largué a reír detrás de ella, y  entonces José, que todavía no entendía, también se rió. Nos reímos los tres hasta llorar. Nadie dijo nada. Nadie lo nombró. Los tres bajamos y volvimos a la rutina de siempre, pero a partir de entonces apareció en nuestra casa la espera, la vigilia que terminaba cuando ella sacaba las plumas del bolsillo de su delantal, las agitaba en el aire para que las viéramos, y los tres subíamos al altillo a reírnos.
Me dormí a fuerza de whisky. Soñé con José. A la mañana siguiente pagué la cuenta del hotel y me llevé la valija al banco. Sabía que esa tarde terminaría de instalar el programa y podría irme directo a la terminal. A las siete de la tarde ya estaba todo funcionando. Si me apuraba alcanzaría el micro de las ocho. Cuando llegué a la terminal el chofer ya estaba cargando bultos. Me asomé y vi que había varios asientos vacíos. Fui a la ventanilla a sacar el pasaje. Le pedí un boleto para el micro que estaba por salir. Y enseguida, sin pensarlo, le pregunté si había algún lugar donde dejar la valija un par de horas. El empleado me miró confundido. Repetí la pregunta y el hombre se limitó a contestar que sí y a extenderme el pasaje. “Entonces cámbieme este boleto por uno para el micro de las once”. El hombre me miró mal pero lo hizo.
Caminé hasta la bicicletería y la observé desde la vereda de enfrente. En el cuarto de Rivera había luz, seguramente se estaba cambiando la ropa engrasada antes de bajar a comer. Me acordé del cuarto que él compartía con mi madre, con su cama de bronce y su acolchado almidonado. Me acordé de la noche en que la oí quejarse y toser mientras él jadeaba. Me acordé del miedo que sentía y de cómo me iba haciendo cada vez más chico en mi cama. Hasta que hubo un silencio y empezaba a tranquilizarme cuando mi padre gritó su nombre. Luego oí su zapato de madera bajando apurado la escalera. Creo que se cayó, porque sentí un golpe y luego un portazo. Me levanté y corrí al cuarto de mamá. Ella estaba allí, desnuda, y yo sabía que estaba muerta. José entró enseguida y me preguntó qué pasaba. No podía contestarle. Me quedé inmóvil junto a la puerta. Él me empujó y se tiró sobre ella, le hablaba, le decía que todo iba a estar bien, la tapó con una sábana. Lloró junto a ella. Hasta que entró Rivera con un médico y nos sacó a los gritos de la habitación. La hizo cremar y tiró las cenizas en el arroyo. No se lo perdoné nunca, yo necesitaba una tumba. Yo tenía ocho años. Se lo dije a José y un día me llevó al altillo mientras Rivera dormía la siesta. No subimos a reír sino a buscarla. También buscamos las plumas durante mucho tiempo, pero nunca las encontramos.
Toqué el timbre y José abrió la puerta. Se quedó mirándome, no podía reaccionar. Después me abrazó con todo el cuerpo, como le había enseñado mamá. Fuimos por el pasillo hasta la cocina. Creí que algunas cicatrices estaban cerradas, pero ver la mesa de madera maciza me hirió como si no hubieran pasado veinte años. Había dos platos y José agregó uno para mí. Le dije que tenía poco tiempo, que mi micro para Buenos Aires salía en un par de horas; pareció no escucharme. Ninguno pretendió abarcar lo inabarcable y no nos preguntamos por los años en que no nos vimos. Hablamos como si nos hubiéramos visto el día anterior, como si nos fuéramos a ver al día siguiente. Me acerqué al bargueño junto a la ventana. En el  portarretratos con la foto de mamá José había enganchado las tres plumas. Lo miré. “No son las de mamá, son otras”, me aclaró como pidiendo disculpas. Pasé el dorso de mi mamo por cada una de ellas. “La comida ya está”, me dijo José, “en cinco minutos va a bajar papá”. José se puso en su lugar y yo en el mío. Esperamos en silencio hasta que el golpe del zapato de madera empezó a oírse. Golpeé con la palma de la mano sobre la mesa, completando el silencio que dejaba el paso de la pierna sana, mientras contaba cada uno de sus pasos. Como cuando éramos chicos. Después que murió mamá empecé a contar los pasos que dada Rivera desde cualquier lugar de la casa. José mi miró y se sonrió. “Cincuenta y cinco”, dije. “Cincuenta y cinco”, confirmó José. La cantidad exacta de pasos de pierna coja desde que bajaba por la escalera hasta que se abría la puerta de la cocina. En el cincuenta y cuatro dejé de golpear. Se abrió la puerta y José dijo: “Mirá quién está, papá”. Rivera se sorprendió, pero enseguida superó su asombro y se sentó a la mesa. “Hola”, dijo. “Hola”, le contesté. “¿Qué te trae por acá?”. “Trabajo”, le dije. Ese fue todo nuestro diálogo, después de eso seguimos hablando de las cosas que habla la gente cuando cena: del tiempo, de la economía, del campeonato de fútbol. Sonó el teléfono, José estaba sirviendo el postre y Rivera se levantó a atender, dijo que esperaba un llamado. Caminó los pasos que lo separaban del aparato y no pude evitarlo: golpeé con la palma sobre la mesa para completar el silencio de la pierna sana. José me miró aterrado. Él se dio vuelta incrédulo sin dejar de avanzar hasta el aparato. Yo seguí golpeando. Atendió el teléfono sin dejar de mirarme. José sirvió el postre y me lo puso entre las manos para ocupármelas. Rivera cortó y volvió a la mesa. Yo dejé el postre y volví a golpear. Se paró en la cabecera de la mesa sin quitarme los ojos de encima. Yo le mantuve la mirada. “¿A qué viniste?”, me dijo. “Vino por trabajo”, se apuró a decir José. “¡¿A qué viniste, carajo?!”, gritó y dio un golpe rotundo sobre la mesa. Parecía que iba a decir algo más, lo vi gordo, viejo, hinchado de bronca, y fue entonces que empecé a reírme. José estaba paralizado, él furioso. Yo no paraba de reír. Se acercó y me tomó de la solapa. “¡En esta casa no se ríe!”, me dijo mientras me sacudía. José trató de separarnos. Se ve que los años minaron sus fuerzas porque terminó soltándome sobre la silla. Tambaleé y casi caigo al piso, José me atajó. “Andate”, me dijo mi padre antes de salir de la cocina. Sus pasos en la escalera se alejaron. José se puso delante de mí, temblaba, y me abrazó. Yo también lo abracé. Nos quedamos así un rato.
Tomé el micro de las once para Buenos Aires. No quise que José me acompañara hasta la terminal. Por la ventana vi como quedaban atrás las luces del pueblo. Pensé en José y me lo imaginé mirando como se alejaba el micro a través de su caleidoscopio



Claudia Piñeiro

viernes, 9 de marzo de 2012


TODAS LAS HOJAS SON DEL VIENTO
Cuida bien al niño, cuida bien su mente,
dale sol de enero, dale un vientre blanco,
dale tibia leche de tu cuerpo.
Todas las hojas son del viento,
ya que el las mueve hasta en la muerte;
todas las hojas son del viento,
menos la luz del sol.
Hoy, que un hijo hiciste, cambia ya tu mente,
cuídalo de drogas, nunca lo reprimas,
dale el aura misma de tu sexo.
Todas las hojas son del viento,
ya que el las mueve hasta en la muerte;
todas las hojas son del viento,
menos la luz del sol...
menos la luz del sol.


LUIS ALBERTO SPINETTA

jueves, 9 de febrero de 2012

LA BALADA DE LOS ESQUELETOS




Dijo el esqueleto Presidencial
No firmaré el proyecto
Dijo el esqueleto Vocero
Sí lo harás

Dijo el esqueleto Representativo
Objeción
Dijo el esqueleto Corte Suprema
¿Qué esperabas?

Dijo el esqueleto Militar
Comprad bombas estrellas
Dijo el esqueleto Clase Alta
Hambread a las mamis solteras

Dijo el esqueleto Yahoo
Parad el arte obsceno
Dijo el esqueleto Derecha
Olvidaos del Corazón

Dijo el esqueleto Gnóstico
La Forma Humana es divina
Dijo el esqueleto Mayoría Moral
No, no lo es, es mía.

Dijo el esqueleto Buda
La compasión es riqueza
Dijo el esqueleto Corporación
Es mala para la salud

Dijo el esqueleto Viejo Cristo
Preocuparos de los pobres
Dijo el esqueleto Hijo de Dios
el SIDA necesita cura

Dijo el esqueleto Homófobo
Chupad a los gays
Dijo el esqueleto Patrimonio Nacional
Los negros no tienen suerte

Dijo el esqueleto Macho
Mujeres a su lugar
Dijo el esqueleto Fundamentalista
Multiplicad la raza humana

Dijo el esqueleto Derecho a la Vida
El feto tiene un alma
Dijo el esqueleto Pro Elección
Pásalo por tu agujero

Dijo el esqueleto Reducción
Los robots cogieron mi empleo
Dijo el esqueleto Mano Dura
Gas lacrimógeno a la plebe

Dijo el esqueleto Gobernador
Suprimid la merienda escolar
Dijo el esqueleto Alcalde
Mascad el presupuesto

Dijo el esqueleto Neoconservador
¡Sin techo, fuera de la calle!
Dijo el esqueleto Libre Mercado
Usad los como carne

Dijo el esqueleto Grupo de Expertos
Liberad los mercados
Dijo el esqueleto Ahorro y Préstamo
Que pague el Estado

Dijo el esqueleto Chrysler
Pagad por ti y por mí
Dijo el esqueleto Fuerza Nuclear
y por mí por mí por mí

Dijo el esqueleto Ecológico
Mantened el cielo azul
Dijo el esqueleto Multinacional
¿Cuánto vales tú?

Dijo el esqueleto NAFTA
Enriqueceos, Libre Comercio,
Dijo el esqueleto Maquiladora
Deslomaos, salario bajo

Dijo el rico esqueleto GATT
Un mundo, alta tecno
Dijo el esqueleto Clase Baja
Que te den una buena

Dijo el esqueleto Banco Mundial
Cortad vuestros árboles
Dijo el esqueleto FMI
Comprad queso americano

Dijo el esqueleto Subdesarrollado
Enviadme arroz
Dijo el esqueleto Desarrollado
Vended vuestros huesos por un centavo

Dijo el esqueleto Ayatolá
Muere escritor muere
Dijo el esqueleto José Stalin
Eso no es mentira

Dijo el esqueleto Reino Medio
Nos tragamos el Tíbet
Dijo el esqueleto Dalai Lama
Cuidado con la indigestión

Dijo el esqueleto Coro Mundial
Es su destino
Dijo el esqueleto EE. UU.
Hay que salvar Kuwait

Dijo el esqueleto Petroquímico
Rugid bombas rugid
Dijo el esqueleto Psicodélico
Fumad un dinosaurio

Dijo el esqueleto de Nancy
Decid solamente No
Dijo el esqueleto Rasta
Chupa Nancy Chupa

Dijo el esqueleto Demagogo
No fuméis hierba
Dijo el esqueleto Alcohólico
Que se os pudra el hígado

Dijo el esqueleto Yonkie
¿Conseguiremos la dosis?
Dijo el esqueleto Big Brother
Cárcel a los sucios huevones

Dijo el esqueleto Espejo
¡Eh, buen mozo!
Dijo el esqueleto Silla Eléctrica
Eh, ¿qué se come hoy?

Dijo el esqueleto Entrevistas
Vete a la mierda en la cara
Dijo el esqueleto Valores de la Familia
Mi gas lacrimógeno valores familiares

Dijo el esqueleto NY Times
Eso no es apto para imprimirlo
Dijo el esqueleto CIA
¿Puedes repetirlo?

Dijo el esqueleto Transmisión en cadena
Creed mis mentiras
Dijo el esqueleto Publicidad
No os volváis sensatos

Dijo el esqueleto Medios
Creedme a mí
Dijo el esqueleto Teleadicto
¿Qué me preocupa?

Dijo el esqueleto TV
Comed bocados de sonidos
Dijo el esqueleto Noticiero
Es todo Buenas Noches




ALLEN GINSBERG

(Newark, EE UU, 1926-Nueva York, 1997) Poeta estadounidense. Era hijo de un profesor de inglés y de una maestra de escuela rusa, que permaneció internada durante años en un frenopático. Pasó por la Columbia University, de la que fue expulsado junto con otros compañeros como Jack Kerouac o William Burroughs. Los tres constituyeron el núcleo fundamental del llamado movimiento beat (beat generation), que rompió con la estética académica y llevó a cabo una auténtica revolución cultural claramente marcada por su denuncia del sistema de vida estadounidense.
La publicación del poema Aullido (Howl, 1956), de Ginsberg, fue el detonante que consolidó la poesía beat y le dio forma concreta, basada en un ritmo muy acentuado, con influencias del jazz, que, en una asimilación ya total de las técnicas vanguardistas y un retorno a cierta concepción romántica, refleja un universo personal hecho de imágenes que muchas veces convierten el poema en una especie de canto salmódico de gran fuerza expresiva. Verdadero alegato beat, Aullido es un canto a la locura y a su lucidez, y una protesta contra la sociedad mecanizada y materialista.
Otra gran creación de Ginsberg es el largo poema dedicado a su madre, Kaddish (1961), una confesión personal, casi catártica. Acompañando estos dos poemas, publicó algunas canciones, de metro más corto y expresión más simple, con títulos tan populares como El peso del mundo es amor.

jueves, 22 de diciembre de 2011


EL LLAMADO



Era una mañana soleada. Aunque ya había comenzado el invierno, la temperatura era agradable, todavía otoñal.
Lidia Viel tomaba un café negro sentada a la mesita de la cocina. Desde allí, por el gran ventanal que daba al jardín, observaba al muchacho que cortaba el césped. Él y su hermano hacían trabajos de jardinería en el barrio. Lidia Viel los llamaba una o dos veces al mes, dependiendo de la estación. En el verano venían hasta tres o cuatro veces en un mes porque también se ocupaban de mantener la pileta. Casi siempre venía este, Juan, y cuando no podía lo reemplazaba el hermano. Lidia lo prefería a Juan. El otro le daba la impresión de estar siempre apurado y algunas veces dejaba cosas a medias.
El chico iba y venía por el jardín empujando la vieja cortadora, pesada y ruidosa. Una vez Lidia le había preguntado si no le gustaría tener uno de esos tractorcitos para cortar el césped. Él había dicho que no, que las máquinas viejas son mejores. No era de mucho hablar.
Esa mañana Lidia no tenía ganas de hacer nada. Si no hubiese sido por los trabajos en el jardín, se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Tenía que corregir unos exámenes de inglés, pero podía hacerlo esa noche en la escuela en una hora libre que tenía entre clase y clase. Era un multiple choice que se corrige rápidamente. Desde que sus hijos se habían ido a estudiar afuera, tenía mucho tiempo libre. Algunas noches, después del trabajo, ella y un par de amigas se iban a un bar a charlar y tomar una cerveza. O se juntaban a comer y jugar a las cartas. Luego de la separación no había vuelto a formar pareja. De vez en cuando salía con algún tipo, pero nada serio.
 El sonido del teléfono la sobresaltó. Antes de atender se sirvió más café y prendió un cigarrillo: si era una de sus amigas, estarían un buen rato hablando. A esa hora no podían ser los chicos que siempre llaman a la noche o los fines de semana cuando la comunicación es más barata. Levantó el brazo para tomar el tubo del aparato adosado a la pared.
-Hola -dijo.
Le respondió la voz desconocida de un hombre joven.
-Lidia Viel ¿se encuentra? -preguntó.
-Sí, ella habla. ¿Quién es?
El muchacho no contestó enseguida. Debía estar llamando desde un teléfono público, pues Lidia escuchó ruido de autos. Sin embargo, no parecía estar en una ciudad sino cerca de una autopista. El sonido de los coches circulando a una gran velocidad se oía nítido.
-Hola -dijo otra vez Lidia, levantando un poco la voz-. Dígame -aunque se notaba que era muchísimo más joven que ella, no quiso tutearlo de buenas a primeras. Quizás era un vendedor y si le daba confianza después sería más difícil sacárselo de encima. Aunque un vendedor no estaría llamando desde un teléfono público.
-Sí-respondió el muchacho aclarándose la garganta-. Estoy acá.
-Bueno, entonces: lo escucho.
El jardinero había apagado la máquina. El ruido de los vehículos, del otro lado de la línea, se escuchaba con más fuerza.
-Le parecerá raro -dijo el joven-. Lidia le dio una última pitada al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. Con el tubo en la oreja se puso de pie y fue hasta la ventana. El cable del aparato era muy largo y le permitía moverse sin problemas. Juan había dado vuelta la cortadora de césped y parecía estar revisando las cuchillas. Lidia golpeó el vidrio con los nudillos y él alzó la cabeza para mirarla. Con una seña le preguntó si pasaba algo. El chico levantó un pulgar dando a entender que todo estaba en orden. Tal vez la cuchilla se había trabado con una piedra o algo así.
-Hola. ¿Todavía está ahí? -preguntó secamente-. Si no habla, voy a colgar.
-No, por favor -rogó la voz del otro lado-. Discúlpeme, es algo delicado… no sé por dónde empezar.
Lidia sintió un frío en el estómago. Se sentó y prendió otro cigarrillo.
-Hable -dijo bruscamente.
-Yo creo que usted es mi madre -disparó el muchacho sin respirar.
Juan echó a andar otra vez la cortadora alejándose hacia el extremo del jardín. El ruido de la máquina se fue atenuando a medida que se alejaba hasta ser sólo una vibración, un zumbido.




Lidia se quedó medio pasmada. Enseguida sintió un gran alivio. Por un momento pensó que había ocurrido algo con sus hijos, un accidente de tránsito, alguna cosa horrible. Lo que acababa de escuchar le causó gracia y estupor. Creyó que había entendido mal, así que dijo:
-¿Cómo?
El chico no respondió de inmediato, sin embargo todavía estaba ahí; Lidia podía sentir su agitación. Escuchó también las maniobras de un camión, de los grandes, con acoplado. Supuso que la estaba llamando desde una estación de servicio al costado de la ruta. A Lidia siempre le provocaron una profunda desolación esos parajes en el medio de la nada. Los grandes carteles de neón descoloridos y zumbones que permanecen encendidos hasta bien entrada la mañana. Incluso los días soleados esos sitios adolecen de una tristeza quieta, inconmensurable.
-Que creo que usted es mi madre-. El muchacho pronunció cada palabra lentamente, tratando de hacerse oír por sobre el ruido de los motores, cada vez más cercano.
-Lo siento -dijo Lidia Viel-. Pero estás en un error. Sólo tengo dos hijos y siempre han estado conmigo. Lo lamento.
El chico volvió a quedarse callado. Lidia sintió que debía decir algo más, pero la verdad es que no tenía nada más para decir. De todos modos repitió: lo siento.
-Disculpe -dijo él y colgó.
Lidia Viel se quedó unos segundos con el tubo puesto entre el hombro y la cabeza, aunque el otro ya había cortado y no se oía nada más.
 Aquel llamado era la cosa más extraña que le había sucedido. Se quedó un poco descorazonada. Pensó en ese chico que debía tener la edad de su hijo mayor o cuanto mucho un par de años más. Aunque nunca bebía por las mañanas, ahora necesitaba una copa. Todavía le duraba la sensación espantosa de haber creído, por un momento, que la llamaban para avisarle que algo les había ocurrido a sus hijos. Se sirvió un poco de whisky con hielo y volvió a sentarse en el mismo lugar.
En una de esas no debería haberlo dejado cortar así, pobre muchacho. Quizás debería haber mantenido una conversación con él, haberle preguntado de dónde había sacado que ella podía ser su madre. Estaba claro que todo había sido un gran error, que no era ella la Lidia Viel correcta. Así que había otra mujer con su nombre o uno muy parecido. Darse cuenta de esto también le resultó inquietante, pero siguió pensando en la charla telefónica. Tal vez de haber indagado un poco más en la cuestión, podría haberlo ayudado. Aunque no se le ocurría cómo. También podía ser que mostrarse interesada confundiera más al chico: podría pensar que ella sí era su madre y que sólo estaba haciendo preguntas para ganar tiempo.
Por lo menos debería haberle preguntado su nombre. No costaba nada y hubiese sido más amable. Era una pena haberlo dejado así. Quizás el suyo era el único teléfono de una Lidia Viel que el chico había conseguido y ahora ya no le servía de nada y tendría que empezar de nuevo. Vaya a saber cuánto tiempo hacía que tenía ese número anotado en un pedazo de papel, guardado en la billetera; cuántas veces antes habría marcado y cortado hasta juntar valor y esperar que alguien le respondiese. Ahora estaba en cero otra vez.
En una de esas volvía a llamarla. De estar en lugar del chico, ella insistiría. En estos casos, ante un llamado así, debía ser bastante común, hasta lógico que la mujer se asuste y niegue todo. Pero un muchacho joven no puede saber lo que pasa por el corazón de una mujer madura.
Lidia miró por la ventana. Juan había terminado de cortar el pasto y pasaba la escoba de alambre. Trabajaba con auténtico esmero. No como su hermano. Había pensado decirle que aproveche y pode los fresnos, pero se veían tan lindos con sus grandes copas amarillas recortadas contra el cielo azul que sería una lástima. Después de todo, las hojas se caerían solas a medida que avanzara el invierno.



SELVA ALMADA

viernes, 18 de noviembre de 2011

POEMAS DE JOSÉ EMILIO PACHECO




Concordancias: Las personas del verbo
Una vez
Y por breve tiempo
Hace mucho tiempo
Tú y yo
Fuimos de pronto hasta muy adentro
Nosotros.

«Nosotros dos» podía yo decir
En las horas voraces que fueron nuestras.

Desde hace tiempo
Si hablo de ti
Sólo puedo emplear
La tercera persona: Ella.

El yo empobrecido se hunde
Entre las concordancias de la Nada.

Fluir
Corre bajo los puentes.
No regresa.

Su vuelo horizontal
Arrasa el tiempo.

Para nosotros
Esa eterna huida
Lo dice todo.


El agua no lo sabe
Y no le importa.

Se limita a fluir
Y a despedirse.


Un puñado de polvo
Todos quisimos la corona del rey
Nadie pudo encontrarla entre el fragor de la guerra.

En esa busca nos entrematamos.
Por sanguinarios les dimos asco a las fieras.

Siglos después, cuando encontré la corona,
Vi que era sólo un puñado de polvo.

Lupus
En la noche del mundo el gran temor
A su ferocidad siempre al acecho.

Hace temblar con su brutal aullido.
Deja huellas de sangre entre la nieve
Y en los barrancos pilas de cadáveres.

Nos ha vencido en todas las batallas.
Levantó las murallas que nos cercan.
Nos oprime con cepos y cadenas.

Un día el monstruo pasó ante nuestros ojos,
Receloso y amargo entre las ruinas.

Era el lobo del hombre.

Ver la luz
¿Qué se verá originalmente en el útero?
Acaso nada resulte claro.
Somos como otros peces que han nacido del agua,
Totalidad de su visión.

Para hablar del nacer
decimos siempre:
«Vio la luz» o bien: «abrió los ojos».
Somos sujeto y objeto
De esa luz que dibuja la realidad
Y nos obliga a inventarla.

Y por ello al final todo se apaga.
Entre la sombra sólo queda espacio
Para los cirios funerales:
última luz que siempre abre camino
A las tinieblas del origen.

College Park, Maryland
Esas frondas también dicen adiós.
Las estremece un viento que llega ileso
Desde el pasado en este mismo instante.



José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939) es un poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista mexicano integrante de la llamada «Generación de los años cincuenta», junto a Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Sergio Galindo y Salvador Elizondo.
Entre otros galardones ha recibido el Premio Cervantes (2009); el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009); el José Donoso (2001); el Octavio Paz (2003); el Pablo Neruda (2004); el Ramón López Velarde (2003); el Premio Internacional Alfonso Reyes (2004); el José Asunción Silva (1996); el Xavier Villaurrutia (1973); el García Lorca (2005) y el Premio Alfonso Reyes otorgado por El Colegio de México (2011).


viernes, 14 de octubre de 2011

ALGO DE TOLSTOI

 

 

Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.
En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.

En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.
El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica era gentil. Por eso era por lo que el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una gentil, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.
No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.
A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.
Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.
Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente a por su hijo, pero antes de que éste hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, yo fui espectador.
El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.
La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido a que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.
La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.
Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Ésta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.
Debería describir el modo en que ella le dejó.
Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.
Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.






Ella le dijo:
–Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.
El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.
Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.
–¿Te marchas? –preguntó sordamente.
Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.
-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.
Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior, nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.
Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.
Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:
–Tú me quieres… en algún momento volverás.
Viendo que no lo superaba, mandé a por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.
Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.
Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cenaban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño
Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado sólo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -Incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.
Casi quince años después de que su mujer se hubiera marchado, para irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para navidades, todavía pululaba por las aceras de la dudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.
La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.
Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él había sido demasiado fuerte para rehuirlo?
Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!
• • •
En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.
En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cenar la librería.
Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.
Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Sólo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.
Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.
Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de éstos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.
Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:
–Jacob.
Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.
Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?
Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.
Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:
–¿Quiere un libro?
Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.
–¿Quiere un libro? –repitió él.
Ella tartamudeó:
–No… bueno… quería un libro, pero he olvidado su título.
Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente: -Soy Lila. He vuelto contigo.
Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido a por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.
Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:
–Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica era gentil. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo escaso para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiende? El chico era soñador, sentimental, un Judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que le iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo un éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo.
Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.
La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.
Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.
–¿No recuerda… tiene que recordarla… la historia de Lila y Jacob?
Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.
–Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstoi.
Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía de ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo, y todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños, si yo no hubiese visto, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.





                      TENNESSEE WILLIAMS