jueves, 19 de marzo de 2015

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO




Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario
Idioma original: inglés
Título original: The Heart is a Lonely Hunter
Año de publicación: 1940
Valoración: Imprescindible





  El corazón es un cazador solitario se destaca entre los numerosos retratos de la América profunda por haber logrado ese tan peliagudo equilibrio entre realismo y humanidad, entre espiritualidad y sordidez, entre comprensión hacia los personajes y asunción de sus miserias. Una crónica que detalla pero no se complace y, por tanto, exenta de crueldad en las caracterizaciones. La autora nos sitúa en un ámbito muy similar a aquel donde nació, una pequeña y humilde población del tan manoseado Sur, descrita con rasgos gruesos pero certeros, habitada por seres humildes pero no exentos de dignidad que se adaptan a las circunstancias como la mano al guante aunque solo sea porque, al no haber conocido otras, les está vedado –al menos, a la mayoría– concebir otras diferentes.





  Factores fundamentales de esta novela –primera de su autora y publicada con solo 23 años– serían: su certero análisis de la sociedad (a cargo de los personajes) y de la incomunicación omnipresente, así como la inclinación que sentirán forzosamente los lectores por cada prodigiosa criatura extraída de la pluma de Mc Cullers. Pero, además, creo necesario destacar la que considero su idea predominante, que se trasluce prácticamente en cada frase y que deja un regusto agridulce al cerrar el libro. La idea es esta: lo que de verdad nos cuesta exteriorizar no es el odio, como creíamos, sino el amor. Un amor que avergüenza y nos esforzamos en erradicar si no se atiene a pautas convencionales, si no va dirigido a la familia ni a un particular objeto de deseo sino que se manifiesta caprichosa y arbitrariamente por haber surgido sin que intervengan razón ni voluntad.

  En la novela –y probablemente en la vida– la inquina sorda, el deseo de revancha o la ligera hostilidad tarde o temprano acaban saliendo a la luz. Pero ¿qué ocurre con la bondad, con la necesidad de comunicarse o de contribuir a mejorar la suerte de la especie de una forma verdaderamente altruista? Me refiero, no a la cháchara sino a sentimientos verdaderos. ¿No producen un pudor tan descomunal que acaban encerrados bajo siete llaves en el interior de cada uno? Sin ir más lejos, en esta historia solo se permite dar rienda suelta a una emoción bastante habitual, la que surge entre los dos adolescentes y que acabará abortada y reducida a mero encuentro sexual probablemente a causa de los convencionalismos.

  Dicho esto, podría parecer que se trata de un producto ñoño y sin garra. Todo lo contrario. Es precisamente su cotidianeidad lo que convierte a la trama en inquietante. La presión sobre el lector se acentúa a medida que esta avanza volviéndose intensísima al final. Los personajes (e ideas) que aparecen aquí, el perfecto engranaje de los elementos y el pesimismo que encierra transmiten, paradójicamente, un gran apego a la vida y convierten su lectura en una experiencia entrañable.


  




  El reparto que se nos ofrece es sólido en su funcionalidad. Los personajes –pertenecientes todos ellos a la estirpe de los solitarios– no muestran más que lo imprescindible para que avance el argumento, pues cualquier otro detalle añadido arruinaría la armonía del conjunto. Primer, y extraordinario, hallazgo: que un mudo protagonice un relato sobre la  incomunicación. Para construir a John Singer, se le dota de una personalidad tan misteriosa como repleta de matices que, sin embargo, no hace sombra a otras figuras espléndidas. En primer lugar, la de Mick, esa adolescente solitaria, alter ego de Mc Cullers, que personifica la secreta pasión de todo artista. A los rasgos extraídos de su infancia y adolescencia, la autora añade un puñado de idealizaciones de sí misma y de sus circunstancias que componen un convincente retrato. Si el estoico y bonachón Biff Branon oculta una secreta fascinación por su persona, a Mick le guía su fervor por la música y una admiración ilimitada hacia Singer. Por cierto, la incapacidad de este para hablar –que se añade a un indiscutible halo de dignidad y a su ilimitada y eterna reserva– estimula la imaginación de su entorno que acaba atribuyéndole todas las virtudes imaginables. Es lo que le ocurre al tarambana Jake Blount, cuya tosca superficie oculta a un espíritu altruista y a un profesional competente. O al desdichado doctor Copeland, cuya ruina anímica nace de la injusta incomprensión de sus hijos. Ambos encarnan una conciencia social y un idealismo que acabarán desperdiciándose sumergidos en la banalidad del entorno. Pero el sentimiento más puro, la camaradería que no exige nada a cambio, la encontramos, de nuevo, en lo que el propio Singer siente hacia su compañero Antonapoulos. Es su afecto indestructible quien abre y cierra el relato como un personaje más.

martes, 10 de marzo de 2015

LA FRAGILIDAD DE LOS CUERPOS






LA FRAGILIDAD DE LOS CUERPOS  de Sergio Olguín
Idioma original: español.
Año de publicación: 2012.
Valoración: Recomendable para el público en general, muy recomendable para amantes del género.

  Generalmente prefiero un mal libro a un buen programa de televisión, pero hace un par de años gracias a la caja boba supe de la existencia de Sergio Olguín, periodista argentino que presentaba en sociedad (literaria) su segunda novela, un policial que prometía. Dado lo casual de mi descubrimiento no pude saber como se llama el libro de marras y con los pocos datos que tenía de él decidí resolver el misterio para lograr mi objetivo: leer esa novela lo antes posible. No mucho tiempo después mis pesquisas dieron fruto y La fragilidad de los cuerpos llegaba a mí del modo menos pensado, de la mano de un bibliotecario más terco que yo, así que como todo detective que se precie, he aquí mi crónica.




  Buenos Aires. Verónica Rosenthal lleva en su ADN el periodismo y cuando una noticia aparentemente insignificante como el suicidio de un maquinista de la línea Sarmiento y su enigmática carta se atraviesan en su camino, su olfato le dice que algo no está del todo dicho y propone a su jefa, la editora de Nuestro tiempo investigar la historia. Es así como esta treintañera de clase alta se involucra en un mundo marginal, violento, un mundo de hombres duros y peligrosos pero también de niños vulnerables y desprotegidos, porque el suicidio inicial va a conducirla a otras muertes; de cuerpos frágiles e inocentes. Su vida ya no será la misma luego de ese viaje nocturno en el ferrocarril y de ese beso arrebatado nacido de la más carnal de las pasiones y del terror que Verónica vivirá esa noche.

  Lucio Valrossa, de tercer generación de maquinistas, casado y padre de dos hijos, será su fuente periodistica, el hilo que la conducirá a la salida de ese laberinto de vagones, porque las vías del tren la llevarán por los caminos de la muerte, lo clandestino, la locura y el amor; Lucio y Verónica sentirán una atracción avasallante y nada podrá impedir que se conviertan en amantes mientras deshacen los nudos de un negocio clandestino que goza jugando con la muerte, y se involucran en juegos sexuales donde el placer y el dolor van de la mano, afianzando y destruyendo una relación destinada a morir desde su nacimiento.



  Los niños de la historia juegan un papel fundamental en la trama y sus necesidades económicas los llevan a poner en juego sus vidas, captados por un club de fútbol barrial que con intenciones non sanctas, los hace partícipes de un juego clandestino y macabro del que no todos saldrán ilesos. Afortunadamente para ellos aparecerá en las vidas de Dientes y el Peque "Superchica", que es como ellos llamarán cariñosamente a Verónica para rescatarlos de un futuro negro por su estado de indefensión y marginalidad.

  Apuestas clandestinas, muertes de inocentes, marginalidad y complicidad de los poderosos, un hombre atormentado por la culpa y una mujer que solo quería contar una buena historia, tres niños que madurarán de golpe agradeciendo estar vivos, una historia de amor prohibido y oscuro le dan una vuelta de tuerca más que interesante a un policial que de por sí se deja leer de un tirón, imposible abandonar la lectura desde el principio, y agregan condimentos nuevos a un género tan clásico.



  La fragilidad de los cuerpos es un planteo crudo y realista de un mundo que no conocemos pero que es muy probable que esté allí, ante los ojos de quien quiera verlo.
                                                                                                Roxana Dorado

miércoles, 4 de febrero de 2015

TEMORES


Temía estar solo, hasta que aprendí a quererme a mí mismo.
Temía fracasar, hasta que me di cuenta que únicamente fracaso cuando no lo intento.
Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que me di cuenta que de todos modos opinan.
Temía me rechazaran, hasta que entendí que debía tener fe en mi mismo.
Temía al dolor, hasta que aprendí que éste es necesario para crecer.
Temía a la verdad, hasta que descubrí la fealdad de las mentiras.
Temía a la muerte, hasta que aprendí que no es el final, sino más bien el comienzo.
Temía al odio, hasta que me di cuenta que no es otra cosa más que ignorancia.
Temía al ridículo, hasta que aprendí a reírme de mí mismo.
Temía hacerme viejo, hasta que comprendí que ganaba sabiduría día a día.
Temía al pasado, hasta que comprendí que es sólo mi proyección mental y ya no puede herirme más.
Temía a la oscuridad, hasta que vi la belleza de la luz de una estrella.
Temía al cambio, hasta que vi que aún la mariposa más hermosa necesitaba pasar por una metamorfosis antes de volar.
Hagamos que nuestras vidas cada día tengan más vida y si nos sentimos desfallecer no olvidemos que al final siempre hay algo más.
Hay que vivir ligero porque el tiempo de morir está fijado.

ERNEST MILLER HEMINGWAY




miércoles, 1 de octubre de 2014

EL ESPEJO



En verano dejo la puerta abierta. Permito que el clima invada los rincones y me diga que sufro y estoy vivo. Me recuesto en el cuarto de la tele en un sillón mullido que respira. Duermo. Sssshh, desperté ayer. Uno no sueña esas cosas: una mujer se quitaba la blusa y la dejaba caer, luego me lanzaba el sostén y danzaba. No es vecina no es amiga o comadre, ¿quién es? Uno no se pregunta esas minucias. Su falda a la rodilla se hallaba en el piso y un minuto más su tanga se posaba en mi cara y tenía ese olor que es tierra, viento, fuego y esclaviza. Pretendí incorporarme y con el dedo denegó. Mi cuerpo ahora era un corazón desbordado. Continuó el baile: como mulata como negra como blanca. Sus nalgas delineaban círculos breves, lentos, nacarados; sus tetas eran fruta roja y de su abdomen no me acuerdo porque no se afeitaba y su pubis refulgía de negrura mulatura blancura. Su entremuslo ofrecía una sombra con alas y delirio, y de nuevo quise moverme, uno no resiste esos estímulos, pero ella flamigereó calmado señor tranquilo y continuó su danza de silencioso estrépito, y yo veía ese trasero, esas zonas oscuras, esos labios abiertos, ese pelo y mi miembro bullía en busca de abertura vulva o de algún roce perdido de sus dedos rosados negreados mulatados. Uno no evita su sexuamilitud.





Fue cuando se acercó sin dejar de menearse y descubrí su férvido lunar en su muslo enviando llamaradas, llamadas, llamas, lla. Me arrancó la playera y fue a mis pectorales con su lengua de crema al tiempo que su mano hurgaba bajo mi bermuda. Intenté llegar a sus tetas de pezones erectos pero una vez más me rechazó, uno no está para eso; sin embargo, no quise violentar la sensación de ese cuerpo que olía a gentileza y a nave de los tiempos mientras conquistaba mi desnudez atragantante y me acercaba a la fuente dúctil de su acrobacia. Luego lamí sus pies para satisfacer esa necesidad elemental y en ruta de su vello empapado me detuvo de nuevo y dejé que sus labios hicieran su verano.


Entonces descubrí el espejo donde unas manos estrujaban sus pechos, sus caderas, su espalda y sus dedos visitaban los sitios reservados y ella gemía y era piedra, nuez y gelatina y su pelo encendía el azogue y apagaba las luces y sentía su aroma que rugía y su humedad que me secaba y su piel que se cimbraba en su danza de pequeños quejidos. Volví al espejo, uno es curioso a veces, y notaba su perfil sus heridas, su pubis digiriendo su lunar de lechera y aquel cristal que se revolvía con paroxismo humano y quedaba más pálido que un muerto. Ah, uno no está para sonrisas, mucho menos para preguntas. Dejé que se vistiera, decir adiós es pésima costumbre, que desapareciera por la puerta, cargando el espejo de bisel que tal vez ofrecía en varios pagos.


ÉLMER MENDOZA



Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 6 de diciembre de 1949) es un escritor mexicano, representante de la llamada narcoliteratura. Dramaturgo y cuentista, es conocido ante todo por sus novelas negras. Algunas de ellas tienen como protagonista al detective Edgar El Zurdo Mendieta.

Aunque nació en la ciudad de Culiacán -en la Colonia Popular, lugar que estará normalmente presente en sus obras como Col Pop-, "creció en el campo, al lado de su abuelo materno, trabajando, entre corridos y música norteña. Cuando regresó a la ciudad descubrió la música y la cultura del rock, y al mismo tiempo la lectura".

La consagración internacional le llegó con Balas de plata, novela que obtuvo el Premio Tusquets 2007 y en la que aparece el detective Edgar Mendieta. El Zurdo Mendieta -funcionario de la policía mexicana, no demasiado inmune a las corruptelas que lo rodean, que además consume ansiolíticos- es "un psicólogo intuitivo, como lo es todo detective que se precie: por eso sabe que los asesinos carecen de aptitud para la tristeza" y se guía por la consiga "Los culpables me encuentran".

En esta novela hay un guiño metaliterario a Juan Rulfo: Pedro Páramo figura en ella (como también lo había hecho en Cóbraselo caro, publicada en 2005) y probablemente lo sea también el título a Ricardo Piglia y su novela policial Plata quemada. Por cierto, el mismo Élmer Mendoza, Elmer aparece en La reina del sur como uno de los varios amigos que entre trago y trago en una cantina y con un corrido como música de fondo le da datos acerca del narcotráfico en México al narrador de la novela de Arturo Pérez Reverte.

Sobre la narcoliteratura dice: “Es una estética de la violencia que se está dando en el cine y la música pero también en la ópera, la danza, las artes plásticas y el teatro. Es todo un movimiento, no es oportunismo. Es como descubrir una veta de metales: habrá quien saque las mejores pepitas y quienes solo rasquen. Me gusta la palabra narcoliteratura porque los que estamos comprometidos con este registro estético de novela social tenemos las pelotas para escribir sobre ello porque crecimos allí y sabemos de qué hablamos”

Profesor de la Universidad Autónoma de Sinaloa, es un incesante promotor de la lectura e instituciones culturales.


Fue elegido miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua en la sesión plenaria del 11 de agosto de 2011 y se integró a ella el 26 de abril de 2012.

jueves, 12 de junio de 2014

EL CAMINANTE MARIO TREJO





Mario Trejo nació en Argentina el 13 de enero de 1926 y falleció el 13 de mayo de 2012. Fue un importante escritor que además se aventuró en el campo del cine como guionista y realizó labores de periodista.
Existe mucho desacuerdo en torno al lugar de nacimiento de Trejo, se dice que pudo ser en la provincia de Buenos Aires, quizás en La Plata o hasta en la misma capital; él mismo asegura que esos datos no son relevantes para hablar sobre un autor.
Ha tenido una carrera literaria bastante fructífera y ha colaborado con numerosas revistas del área de las letras tales como Contemporánea, Luz y sombra, Conjugación de Buenos Aires y Cinedrama, de ésta fue además el fundador.
En los años 50 comienza a relacionarse con el Grupo de Arte Concreto-Invención, formado por un conjunto de artistas que seguían la línea poética de Vicente Huidobro y Pierre Reverdy. Durante ese período también participó de la creación de Poesía Buenos Aires, una revista de poesía que se convirtió en un medio de gran influencia.
Algunas de sus obras más conocidas son "Celdas de la sangre", "El uso de la palabra", "Orgasmo y otros poemas" y "Libertad y otras intoxicaciones".





Ultimátum a un joven poeta

Que el pan sea pan y mar el mar
Basta de conjeturas
Murciélagos lunares o roedores de orquídeas
Toda palabra tiene precio
Las palabras que atacan como rayos o víboras
Y también madre
Amigo
Y alcohol y cama y mesa
Y el hijo concebido a dulces empujones
Y los hongos que provocan destellos de amor
O resplandores de muerte
Y el poeta que cae bajo las balas
Como un sol que la noche acribilla

Que el pan sea pan y mar el mar
Y el agua eterna
Pero la sed eterna
Para poder decir al fin:
He hallado un pan junto al mar
Los buitres sobrevolaban mi amor
He mordido una orquídea

Los buitres disputaban un cuerpo querido
He guiado camiones y dormido en aserraderos
Los buitres devoraban a mi amada
Viajé de noche sobre la arena caliente
Invoqué los nombres secretos
Conjuré un maleficio
Contuve una catástrofe
Conduje a un águila a su nido
He muerto con mis muertos y estoy vivo

Cuando llegué a la ciudad
Un loco vagaba por las calles
En su mirada había un cuchillo
Le di mi mano
Lo miré
Le hablé y mi voz duró entre los astros
Éramos sólo dos sobre la tierra
Pero éramos dos sobre la tierra

La soledad se hizo añicos
La poesía palabras


Solicitud de clemencia

Yo sólo pido perdón
por haber besado las playas del Mar Rojo
haber visto las luces de Aqaba en el amanecer verde
haber tomado mate entre el humo de los asesinos
haber temblado ante el incesto
de pez piedra con las piedras
del sol con la belleza
de mis sueños con la realidad

Yo sólo pido perdón
por haber inventado las montañas de Arabia Saudita




Labios libres

Al cabo de las tierras y los días
de horarios y partidas y llegadas
y aeropuertos comidos por la niebla
enfermo de países y kilómetros
y rápidos hoteles compartidos

Luego de esperas
prisas
y rostros y paisajes diferentes
y seres encandilados por el olvido
o abiertamente besados por la vida

Después de aquella amada
y esa otra apenas entrevista
mujeres cogidas por mi soledad
y ahogadas por las bellas catástrofes

Luego de la violencia y el deseo
de comenzarlo todo nuevamente
y los errores
y los malentendidos cotidianos
y los hábitos torrenciales del trópico
y noches acariciadas por el alcohol
y tabaco fumado con tanta incertidumbre

Al cabo de un nombre que no me atrevo a decir
y de alguien que yo llamaba Irene
de cierta voz
cierta manera de clavar los ojos
al cabo de mi fe en el entendimiento de los hombres
y en el corazón de ciudades y pueblos
que nunca sabrán de mí

Luego de tanta tentativa de huirme o enfrentarme
y comprender que estoy solo
pero no estoy solo
al cabo de amores corroídos
y límites violados
y de la certidumbre de que toda la vida
no es más que los escombros
de otra que debió haber sido

Al cabo del hachazo irreparable del tiempo
sólo puedo blandir estas palabras
esta obstinación de años y distancias
que se llama poesía


Los campeones de la noche

Ninguna ley tengo para ofrecer
ninguna profecía
salvo la muerte y las revoluciones victoriosas

Dejemos entonces al guerrero en paz
y a los hermanos rotos en medio del camino
Pasemos al sacrificio
La ceremonia está servida:
abrazos celebrados detrás de la ciudad
besos en andenes movedizos
mudas consignas en salas de espera
y a veces ni un guiño
nada para despistar
nada para sobreentender
sólo los ojos lacios como en mesa de póker

Ya no podremos ser los elegidos por el sol
los cachorros feroces que asombrarían al mundo
Apenas sí hemos nacido sin querer
viejos desconocidos a quienes llamo mis amigos
perdidos en el trasbordo y sin saber qué tren tomar!

Pero mis compatriotas juegan a dormir y a olvidarse de todo
borrachos que invocan a Dios como a una deuda de juego
soldados que hacen patria en los umbrales
pálidos maricas dispuestos a fingir hasta el alba
parejas para las que ha terminado sin gloria
esta noche en la que tanto creyeron
y también el húmedo insomne
que mueve sus ojos desde el hospital
acechando el ruido de los libres
aullando por la droga que le traerá el olvido
el negro paraíso que es dormir una noche

Y aquí
en el centro de la ciudad
las tiernas actrices leen su nombre en el diario
y los tenebrosos también quieren saber qué pasa en el mundo
mientras los coches llevan solitarias parejas
y todos tanteamos una cama y un nuevo sueño
y la mañana viene trayendo la luz y la paz
pero no para todos
apenas para nosotros
los ganadores
los verdaderos campeones de la noche

A Paco y Juan,
Fechadamente


Orgasmo


1
Breve vida feliz
Breve muerte feliz


2
Pasó ya el tiempo de destrucción.
Atrás quedaron los mordiscos del cáncer
los huesos roídos o furiosos
historia de un momento
de un segundo
de un estrépito
historia de una mujer desnuda lentamente.

Se enciende entonces el primer recuerdo
infancia de cordones arqueológicos
invisibles y vivos
violentas presiones de la luz
escenas resbalosas
recuerdos de mercurio.

Pronto me vi
en medio de los primeros tumultos
adicto ya a la muerte
luto tenaz que nunca me abandona.

Delirio de las familias
bacanal de ciegos en un país de sordos
la consigna es huir
volar hacia el sol de la noche
explosiones de nombres
rasgos risas agujas
crepitaciones olorosas
sílabas cazadas una a una
erecciones viajeras
angurrias cardinales.
Aquí está la clave:
huir.
Regresar es nacer.


3
Huir de la pequeña historia.
La anécdota me saca de quicio.
Vivamos el Gran Cuento.
Estoy traduciendo.
Hablo una lengua que apenas conozco
sonidos heredados
robados a lo lejos
ruidos enfermos de cultura.
Yo quiero hablar mi lengua
lengua huérfana
asesina del padre y de la madre
lengua experta
jerga de la experiencia.
Tartamudeo
gruño
digo sólo estertores.

La garganta se seca
vomito canciones mongoloides
y mi madre junto a mí
repite que me deja para siempre.
Un aeropuerto está cerca.
Siempre será así.


4
Volvamos al Gran Cuento.
La Historia
parida o parturienta.
El pulgar que se opone a la palma.
Milagro de la mano.
Sentidos.
Oreja lengua nariz
y sobre todo piel y ojos.
Escribo al dictado.
No me disculpo.
Hay poco tiempo.
De un momento a otro
de un hombre a otro
no hay más que la distancia de una imagen.
Ni ilusión ni realidad.


5
Los ejércitos se encuentran a las puertas de la vida.
Vienen con todo.
De los sables caen gotas de asco.
Los caballos bufan
y los búfalos se acercan al galope.
No hay que errar el tiro.
Queda una sola bala.
Apretar bien el arma contra el hombro
contener la respiración
hasta que el universo todo se detenga.
Sólo un ojo sobrevive
y el miedo es la bestia que galopa hacia nosotros.
La mano tiembla apenas.
La salud está crispada.
Sólo falta disparar.
Breve vida feliz.
Breve muerte feliz.


6
La bala contra el búfalo.
Ella
la que quiero
entre el búfalo y la bala.
Ahora todo es puro espacio que cruzará su sombra
su fantasma
su cuerpo real que los buitres comerán más tarde.
Porque búfalo y bala
han llegado juntos a ese cuerpo querido.
Mujer poesía libertad justicia.
Ella
mi vida.
Los amigos nos rodean de calibres.
Los buitres siguen leyendo
y en el planeta sólo retumba mi soledad.


7
Nostalgia de palacio o de caverna.
Allí todo hubiera sido diferente.
No me quejo.
Sólo quiero aclarar.
Quise hacer el primer fuego
y otros lo habían hecho antes.
Quise incendiar los castillos
y solo quedaban las ruinas.
Mi cuerpo acude a la ceremonia.
Es lo último que recuerdo.


8
Pero entre tiempo y conciencia
es necesario que ocurran algunos relámpagos.
La sombra será entonces
más nítida que el objeto.
Llueve desde hace meses.
Nieva en la Cordillera.
Los caminos están bloqueados.
Resbalo sobre el hielo.
Ciego en el viento blanco.
La ropa no termina de secarse en mi cuerpo.
Estoy aterido.
Elijo o me atrevo a los nombres propios.
Regreso a los imperios concretos.
Estoy a punto de verdad.
Vacilo
acudo a la estrategia
oculto el nombre de los cuerpos
amados y amantes
de esas voces amigas y enemigas
de ríos y montañas
de mares y desiertos
de locas avenidas en locas capitales.
No importa en qué lugar
una palabra hará siempre de látigo.


9
No hay nada más honesto que la necesidad.


10
Ha llegado la hora.
Confesaré.
Daré datos precisos.
No mentiré.
No caeré en contrabando.
Tomaré todas las drogas.
Acataré lo sagrado y lo profano
su único hijo
nuestro dolor.
No codiciaré la muerte del prójimo.
Me revolcaré sólo de amor.
La noche, sabemos, etcétera, etcétera, etcétera.
El alba
ya lo dije
es oficio de sobrevivientes.


11
Orgasmo
Breve vida feliz
Breve muerte feliz

En él vengo al mundo
en él soy Dios
el universo me recibe
soy el sol
y soy el relámpago que me mata

Breve vida feliz
Breve muerte feliz

A Fernando Birri



martes, 22 de abril de 2014

LAS CIUDADES Y LOS MUERTOS





No hay ciudad más propensa que Eusapia a gozar de la vida y a huir de los afanes. Y para que el salto de la vida a la muerte sea menos brusco, los habitantes han construido una copia idéntica de su ciudad bajo tierra. Los cadáveres, desecados de manera que no quede sino el esqueleto revestido de piel amarilla, son llevados allá abajo para seguir con las ocupaciones de antes. De éstas, son los momentos despreocupados los que gozan de preferencia: los más de ellos se instalan en torno a mesas puestas, o en actitudes de danza o con el gesto de tocar la trompeta. Sin embargo, todos los comercios y oficios de la Eusapia de los vivos funcionan bajo tierra, o por lo menos aquellos que los vivos han desempeñado con más satisfacción que fastidio: el relojero, en medio de todos los relojes detenidos de su tienda, arrima una oreja apergaminada a un péndulo desajustado; un barbero jabona con la brocha seca el hueso del pómulo de un actor mientras este repasa su papel clavando en el texto las órbitas vacías; una muchacha de calavera risueña ordeña una osamenta de vaquillona.





Claro, son muchos los vivos que piden para después de muertos un destino diferente del que ya les tocó: la necrópolis está atestada de cazadores de leones, mezzosopranos, banqueros, violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos contó nunca ciudad viviente. La obligación de acompañar abajo a los muertos y de acomodarlos en el lugar deseado ha sido confiada a una cofradía de encapuchados. Ningún otro tiene acceso a Eusapia de los muertos y todo lo que se sabe de abajo se sabe por ellos.

Dicen que la misma cofradía existe entre los muertos y que no deja de darles una mano; los encapuchados después de muertos seguirán en el mismo oficio aun en la otra Eusapia; se da a entender que algunos de ellos ya están muertos y siguen andando arriba y abajo. Desde luego la autoridad de esta congregación en la Eusapia de los vivos está muy extendida.

Dicen que cada vez que descienden encuentran algo cambiado en la Eusapia de abajo; los muertos introducen innovaciones en su ciudad; no muchas, pero sí fruto de reflexión ponderada, no de caprichos pasajeros. De un año a otro, dicen, la Eusapia de los muertos es irreconocible. Y los vivos, para no ser menos, todo lo que los encapuchados cuentan de las novedades de los muertos también quieren hacerlo. Así la Eusapia de los vivos se ha puesto a copiar su copia subterránea.
Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos.



ITALO CALVINO

Nace en Santiago de Las Vegas (Cuba) en 1923. A los dos años se muda a Italia. Estudia ingeniería y abandona durante la guerra. Milita políticamente en la Brigada Garibaldi, un grupo de tendencia comunista. Sucesivamente, colabora con varios diarios y revistas y trabaja también como asesor editorial.

Entre sus muchas obras se puede destacar "El vizconde demediado" (1952), "El barón rampante" (1957), "El caballero inexistente" (1959), "La jornada de un escrutador" (1963), "Las cosmicómicas" (1965), "Tiempo cero" (1968) "Las ciudades invisibles" (1972), "El castillo de los destinos cruzados" (1973), "Si una noche de invierno un viajero" (1979), "Palomar" (1983).

Desde 1974 colabora con la "Corriere della Sera" con narraciones, apuntes de viaje e intervenciones sobre la realidad política y social del país. Desde 1979, continúa esta actividad en las columnas de "Repubblica" hasta su muerte, que llega en 1985.


viernes, 31 de enero de 2014

CRUZANDO EL RÍO




Un anciano maestro zen y dos discípulos andaban en paz y silencio por un largo camino. Hacia el mediodía llegaron a un río y vieron a una chica muy hermosa sentada tranquilamente con los pies puestos en el agua. La chica contemplaba receptiva y seductora a los tres caminantes.
Los dos discípulos empezaron a mostrarse nerviosos ante tanta belleza. Los dos quedaron embelesados por el atractivo radiante del cuerpo de la chica y por la brillantez de su mirada. Poco a poco se fueron acercando, dejando al maestro en un segundo plano. 
Ella, con actitud seductora, les miró y les dijo:
-¿Quién de los dos podría ayudarme a cruzar el río?...

Los dos muchachos se miraron y dirigieron un gesto interrogando al maestro que observaba lo que estaba pasando. El maestro lanzó una mirada profunda a cada uno de ellos sin decir nada. Después de un largo y tenso minuto de dudas, uno de los discípulos avanzó, y tomando a la mujer en brazos, la ayudó a cruzar el río entre sonrisas, caricias y mucha complicidad.

Una vez llegaron al otro lado del río se dieron un beso tierno y se despidieron sin dejar de mirarse. El joven se dio media vuelta y continuó el camino con el otro discípulo y el maestro.

El discípulo que se había quedado junto al maestro no dejaba de lanzar interrogadoras miradas al silencioso e impasible anciano que solo observaba. Pasaban las horas mientras avanzaban silenciosos por las montañas y valles. El discípulo que no había cruzado el río junto a la muchacha, realmente lo estaba pasando muy mal. Pero no decía nada.

Por la noche, cuando llegaron a la casa, sus movimientos delataban su estado interno: se quemaba con el fuego que encendía, se le caía el vaso de agua que sostenía entre sus manos, tropezaba con la raíz de un árbol del jardín... Su mirada siempre encontraba el rostro impasible y ecuánime del anciano, que lo observaba sin emitir juicio ni palabra. 

Tres días después, la tensión llegó a ser tan dura, que el chico se dirigió hacia el maestro y le dijo con rabia: 
-¿Por qué no le has dicho nada a mi hermano, que rompiendo las reglas de la sobriedad ha encendido el fuego del erotismo con aquella chica del río?, ¡¿por qué?!, ¡¿por qué no le has dicho nada?!... ¡¡Y no me digas que la respuesta está en mi interior porque ya no puedo escuchar ni ver nada con claridad!!, ¡necesito entender!, dame una respuesta, por favor.

El anciano, dedicándole una mirada integral de rigor y benevolencia, le respondió con serenidad y contundencia:


-Tu hermano ha tomada la mano de aquella mujer a un lado del río, y la ha soltado cuando ha llegado al otro lado. Tú has tomado la mano de aquella mujer a un lado del río, y aún no la has soltado.